Capítulo I
La mesa estaba llena de papeles y la
pantalla del ordenador vacía. Era su primer día en el diario y estaba tan
aturdido y perdido que casi le resultaba imposible respirar. Cogió todo el aire
que le permitían sus pulmones y decidió ir a tomar algo. En la sala todo el
mundo parecía saber lo que tenía que hacer, razón que todavía le angustiaba
más. Fue a la máquina de café y echó una moneda. Selecciono chocolate a la taza
y se agachó a atarse el cordón de un zapato. Cuando terminó su chocolate había
desaparecido. Detrás de él vio a un señor de avanzada edad que removía
lentamente con la cucharilla el chocolate y reía de manera burlona. Buscó en el
bolsillo otra moneda y cuando iba a echarla a la máquina el desconocido le
acercó el chocolate y le dijo en voz muy baja:
- Es
suyo...acompáñeme, por favor.
Cogió su chocolate sin pestañear y
siguió al misterioso caballero. Era alto, de brazos largos y con una gran mata
de pelo blanco que le daba un aire muy especial. Vestía de una manera elegante
y la vez descuidada, donde cada detalle parecía estar perfectamente estudiado.
Los zapatos eran viejos pero muy lustrosos, el pantalón de color azul muy
oscuro y la camisa blanca, muy blanca como su cabello. La manga derecha de la
camisa la tenía subida hasta el codo y la izquierda simplemente desabotonada. Llevaba
un reloj plateado con esfera blanca de buen tamaño. Lo más llamativo eran sus
tirantes, de color rojo sangre que contrastaban enormemente sobre el blanco de
la camisa.
Mientras le seguía pudo observar que
tenía una forma peculiar de caminar, un tanto graciosa a la vez que altiva.
Parecía como si cada cuatro pasos largos diese un pequeño y rápido paso más
corto que acompasaba como si de un ritmo melódico se tratase. Era una manera
muy peculiar y sutil de caminar que terminó atontándole hasta el punto de no
saber por dónde iban. Entraron en una pequeña habitación sin ventanas y llena
de fotografías en las paredes. Le invitó a tomar asiento y el misterioso caballero hizo lo propio al otro lado de una vieja mesa.
La pequeña habitación estaba fría y el
silencio al cerrar la puerta era total. El señor de cabello blanco debería
rondar los ochenta años, calculó mientras lo miraba a los ojos. Tenía unos ojos
muy negros, unos dientes muy blancos y unas facciones, a pesar de la aparente
edad, muy bien conservadas. Era difícil dejar de mirarle. Tenía una de esas
caras que quieres seguir mirando por el poderoso efecto de atracción que
ejercen, pensaba, mientras rascaba disimuladamente su cabeza intentando desviar
la mirada hacia el suelo.
- Buenos
días señor Santiago Barcas. Dijo con una voz segura y firme.
- Buenos
días. Respondió tímidamente.
- Según
consta en mis informes hoy es su primer día de trabajo con nosotros.
- Así
es, señor.
- Y
dígame: ¿Porque quiere usted trabajar en este Diario?
- Verá señor. Santiago tragó saliva y se dispuso a
buscar dentro de su cabeza todas las razones que se le ocurriesen para
contestar y contentar a su interlocutor. Dejó el chocolate con la suficiente
torpeza como para derramar parte de su contenido y manchar el borde del vaso y
una carta cerrada que había sobre la mesa. ¡Perdón! ...no pasa nada, no se
preocupe. Le contestó sin
inmutarse.
- Lo
siento. Pues verá, desde que recuerdo mi padre siempre leía este Diario. Yo era
muy pequeño cuando cada domingo le acompañaba a comprarlo y siempre me decía lo
mismo: hijo mío, estos señores que escriben aquí nos cuentan la verdad...
- ¿La verdad? Le interrumpió. ¿Y qué piensa usted
al respecto?
En aquel momento se dio cuenta que se
había metido sin querer en un gran atolladero. ¿Qué querría escuchar este
mandamás al que nadie saludaba y que ni tan solo sabía quién era, sobre una
pregunta tan espinosa en el mundo del periodismo? Después de removerse en su
silla, dijo:
- Bueno,
no es fácil responderle. Supongo que...
Dio un fuerte golpe en la mesa y se
levantó, se tiró de los tirantes con fuerza y mirando las fotografías que había
en la pared dijo fría pero educadamente:
- Querido Santiago, si quiere usted ser
alguien en el mundo del periodismo, no comience una respuesta suponiendo nada.
Para suponer ya hay otras personas; nosotros nos tenemos que limitar a
transmitir información de la manera más veraz posible. Otros serán
los que supongan, mientan, digan la verdad...y por favor, átese el zapato.
Santiago se agachó a atarse el zapato y
cuando se levantó vio su chocolate esperándole en la máquina. Sin entender
nada, lo cogió. Estaba helado y tenía el borde manchado de chocolate. Sin
quitar la vista del vaso se dirigió a su mesa. Se sentó sin poder dejar de
mirar su chocolate y lentamente lo dejó sobre la mesa. Al apoyarlo vio un sobre
cerrado, también manchado de chocolate.
Estaba absolutamente absorto mirando el
sobre sin escuchar una voz femenina que lo llamaba desde la puerta. Sin poder
mover un solo músculo sintió una mano en el hombro que le hizo dar un salto y
lanzar por los aires la silla.
- Perdona,
dijo una voz de mujer. No pretendía asustarte, mientras tapaba su boca con la
mano para esconder una sonrisa que delataba unos bonitos dientes y una
agradable mirada.
- No, no,
tranquila. Me quedé absorto en mis pensamientos…pero, ¿tú quién eres?
- Soy Marta, compañera
tuya desde hoy, creo. Richard me ha pedido que te pusiera al día de lo que pasa
por aquí.
- Ah, vale, muy
bien. No podía dejar de mirar
el sobre mientras levantaba torpemente la silla y trataba de recuperar el
aliento.
- Por dónde quieres
que comencemos, dijo Marta
ojeando la desordenada mesa de Santiago mientras este trataba de situarse y
recomponerse.
- Bueno, veo
que ya conoces la máquina del café. ¿Qué te parece si damos una vuelta y te
presento a algunos de tus nuevos compañeros? Seguro que todavía no conoces a
nadie.
- La verdad es que
sí. Conozco al Jefe del pelo blanco, por cierto, ¿cómo se llama y que cargo
ocupa?
- ¿Jefe de pelo
blanco? Perdona pero no sé de quién me hablas. Creo que tenía mucha razón
Richard cuando me aviso que eras un chico un tanto especial, contestó Marta mientras comenzaba
a andar hacia la sala principal. ¡Vamos!
no te quedes ahí pasmado…
Se había quedado clavado al suelo.
¿Cómo podía ser que no conociese a semejante individuo? Se preguntaba.
Precisamente no era una persona que pudiese pasar desapercibida, pensó. Todavía
absorto en sus pensamientos siguió a Marta hasta la sala de redacción. Era grande,
con mucha luz y llena de ordenadores. A pesar de estar aturdido por lo
acontecido en la máquina de café, no le pasó desapercibido el bonito cuerpo de
Marta. Llevaba unos vaqueros que parecían hechos a su medida, con unas botas
altas limpísimas de tacón de madera y una camisa blanca, blanca otra vez, que le daba un
toque a la vez informal y muy sensual. Marta paró delante de un grupo que estaba discutiendo acaloradamente y dio un pequeño chillido. Todos callaron de golpe.
- Compañeros,
este es Santiago, el nuevo fichaje de Richard, démosle una grata bienvenida a
LaÚltima, noticias sin descanso.
Todos le saludaron sin demasiado
entusiasmo y retomaron inmediatamente la acalorada discusión.
- Bueno Santiago, como puedes ver
esta es la sección de deportes, la más ajetreada del Diario. Richard mantiene
la teoría de que si los reporteros son de equipos rivales, las noticias serán
más ecuánimes. Y la verdad, creo que tiene razón. Nuestra sección deportiva es
la envidia del resto de diarios y nos mantiene a flote... En la última consulta
este diario resultó ser el más vendido, incluso por delante de los
especializados en deportes…bueno, veo
que esto de los deportes te interesa poco, no abres la bo…
- No, perdona. Estoy hoy un poco
espeso, nada más. Te importa si dejamos nuestra visita para otro momento. Me
duele un poco la cabeza y me gustaría poder escribir algo antes de la hora de
comer.
- Claro, siempre a
sus órdenes, respondió Marta
imitando el saludo de un militar con un grácil movimiento de cintura…
Que buena está, pensó Santiago
dedicándole una tierna sonrisa. Dio media vuelta y fue hacia su mesa. Necesitaba abrir esa
dichosa carta, necesitaba saber que había escrito, necesitaba saber…Marta lo
acompaño con la mirada hasta que desapareció. Al menos es guapo, pensó, y fue susurrando una canción
hacía su puesto de trabajo.
Justo en el momento en que iba a abrir
la carta apareció Richard. Santiago inmediatamente se incorporó y dejó el sobre
encima de la mesa.
- Buenos días, se apresuró
a decir Santiago.
- Tenga usted, señor Santiago.
Solo quería saber qué tal se encontraba y si ya estaba adaptado a su nuevo
puesto. Por lo que veo no ha perdido el tiempo, su mesa está aún peor que la
mía...
- Bueno, es que esto de las noticias
económicas no es mi fuerte y...
- Precisamente venía también a hablar
de ese tema. Richard
se sentó en una silla, cruzó una pierna sobre la otra, se quitó las gafas y
comenzó a limpiarlas. Ha habido un cambio de planes. Al final la
persona que nos dejó y ocupaba una de las plazas de redactor en la sección de
economía ha vuelto. Cuestiones familiares le obligan a seguir con nosotros, es
un gran profesional y hoy mismo lo hemos incorporado a su puesto de
trabajo. He de confesar que por nuestra parte hemos tenido suerte.
- Entonces yo... Santiago dejó caer su cuerpo lentamente
en la silla temiendo lo peor, perder el empleo que tanto necesitaba. Miró en
silencio a Richard mientras éste meticulosamente limpiaba sus gafas. Cuando
acabó se las puso y dijo:
- Entonces usted sigue con
nosotros. Fueron quizás solo unos segundos pero para Santiago
parecieron horas. Ya nos avisó que esta sección que le encomendamos no
era su fuerte, pero nos pareció que era la única manera de que pudiese entrar a
trabajar en nuestro Diario. Las recomendaciones que lo acompañan son de un gran
valor para nosotros y no queríamos perder la oportunidad de contar con sus
servicios. Pero vayamos al grano. A partir de este momento trabajará como redactor en las secciones de
Sucesos y Actualidad Internacional. ¿Qué le parece? Richard se levantó
y cruzó los brazos esperando la respuesta de Santiago. Su gestó denotaba que no
admitiría un no por respuesta y así lo entendió Santiago.
- Claro, ningún problema. Pensó
que trabajar como redactor en secciones en las que nunca hubiese estado no era
crucial, lo importante era poder seguir ejerciendo su profesión allí. Eso era
vital para él en estos momentos y no podía desaprovechar esta oportunidad.
- Pues no se hablé más. Buen día
informado. Dio media vuelta y se fue.
- Buenos días, señor.
Santiago aún permanecía sentado y por
un momento olvidó el sobre. No había sido nada fácil para él abandonar
Barcelona y trasladarse a Madrid, pero sabía que poco a poco conseguiría
adaptarse. La situación obligaba y no eludiría su responsabilidad.
Justo después de desaparecer Richard
apareció Marta. Santiago no tuvo tiempo ni de mirar hacía su mesa ni de
acordarse del misterioso sobre, simplemente la miró con cara de bobo y ella rio.
- Me permites una pregunta
Santiago. Dijo Marta sin perder la sonrisa.
- Mientras no sea de economía...
la que quieras, respondió sonriendo.
- Mejo aún, ¿Qué te
parece si comemos juntos, yo aprovecho para ponerte al día y tú respondes a mi
pregunta?
- Perfecto, nos vemos en media hora si
te parece bien.
- En media hora en la entrada del
edificio, chao.
- Hasta ahora.
Resopló con fuerza y recogió su mesa. Una vez estuvo
todo en su sitio decidió acomodarse bien en la silla, cogió la enigmática carta
y la abrió. Dentro había un recorte de noticia. No aparecía el nombre del
Diario, pero era una noticia con todo lujo de detalles sobre un atentado en
Londres, cerca de London Eye. Según leyó, trataba del ataque de un grupo
ultraconservador que había radicalizado su postura contra los movimientos
homosexuales. No había oído hablar nunca de semejante agrupación. Los detalles
de la noticia y las fotografías que la acompañaban eran de una factura y
calidad extraordinaria. La noticia ocupaba dos páginas enteras y cubría
minuciosamente los hechos acaecidos, así como una amplia explicación del
nacimiento y evolución del grupo radical, que se hacía llamar YouT (contracción
de “You out”, -vosotros fuera-). Después de leer atentamente la noticia
le pareció un ejercicio inmaculado de imparcialidad, objetividad y que
rezumaba, a pesar del contenido absolutamente reprochable que trataba,
moderación y honradez periodística. Era uno de aquellos sucesos que fácilmente
arrojan al redactor a posicionarse, cosa totalmente comprensible pero que
termina corrompiendo la noticia. Aquí no había ocurrido. Según indicaban las
cifras habían muerto en el atentado 32 personas y resultado heridas cerca de un
centenar. Era periodísticamente hablando, perfecta. Cuando acabó de leer pensó
que todo sería fruto de una novatada típica del Diario. Eso era, todo era una
jugarreta, una inocentada de bienvenida. La guardó en un bolsillo de su tejano para cuando viese a...¡Marta! Ya habían
pasado más de 45 minutos desde que habló con ella. Salió a toda prisa.
Marta le esperaba susurrando una canción
de Phil Collins. Santiago apareció por detrás y dijo:
- Another
Day in Paradise, But Seriously, 1989. Personas
sin hogar, un gran problema…
- Ja, ja… veo que conoces la canción y
además sabes cómo distraer la atención. Llegas 20 minutos tarde, mi tiempo de
espera límite. Has tenido suerte forastero…
- Salvado por la campana,
entonces. Te pediría disculpas, pero creo que por ser la primera vez…
- Disculpas aceptadas. No sigas
por ahí o todavía comerás sólo. Bueno, me debes una y por eso hoy pagarás tú.
Vamos.
Comenzó a andar a paso
ligero y Santiago la seguía sin poder mediar palabra. Recorrieron a toda prisa
tres manzanas hasta llegar a un bar que
hacía esquina. El rótulo decía simplemente Elvis, acompañado de un gran
bocadillo de luces parpadeantes. Nada más entrar pudo percibir un ambiente muy
especial, muy de otros tiempos, muy de Elvis…pero diferente. En la decoración
predominaban las maderas oscuras, la luz era bastante tenue y el mobiliario de
connotaciones retro. El suelo era de baldosas grandes blancas y negras. La
primera impresión era la de un local de los años 50 pero donde habían
sustituido los colores rojo, blanco, azul y las líneas frías por madera. El
resultado era demoledor. Habían conseguido recrear aquel ambiente pero
aportándole un matiz hogareño y cálido muy marcado. Las mesas estaban rodeadas
de bancos diner de madera, tapizados con almohadillas como el suelo.
Cada mesa estaba envuelta por tres de sus costados de una celosía de madera que
les daba una familiaridad y recogimiento agradable. La sala tenía forma de ele.
Se sentaron al fondo, justo al lado de un tocadiscos retro. Cada mesa tenía su
propia Betty, una figurita de unos quince centímetros de altura de la famosa
Betty Boop, adaptadas a las diferentes profesiones de la mujer actual. Por
supuesto Marta ocupó la mesa de Betty periodista. Santiago la siguió sin dejar
de mirar a su alrededor, intentando captar todos los detalles mientras Marta dejaba
su abrigo y charlaba amigablemente con una camarera.
Cuando ambos estuvieron ya sentados
Santiago esperó a que ella hablase primero.
- - Y bien
señor, te has mirado ya la carta. Aún se notaba
en las palabras de Marta cierto enojo, parecía que eso de esperar no le sentaba
muy bien.
- - No hace
falta, me pediré lo mismo que tú. Replico
Santiago amigablemente.
- - Estás
seguro
- - Claro,
por que no.
- - Ok
Levantó ligeramente una mano y vino una camarera
sonriente a tomar nota. Marta simplemente le dijo - hoy toca a tope, ¡dos! – ¡marchando! contestó Teresa, que así se
llamaba según pudo saber por una nota con
su nombre grande y dorada que llevaba en la falda a la altura de la cintura. ¡Tere!, exclamó Marta, de beber hoy cerveza. Ok, y se perdió tras una puerta de
vaivén de madera con grabados de notas musicales.
Santiago esperaba el momento oportuno para sacer su
nota del bolsillo. Quería saber quién era la persona que la había redactado,
desde luego conocía bien su oficio. Marta simplemente cruzó sus manos y dijo:
-
Cuéntame.
-
Cuéntame,
dices…cuéntame.
-
Si eso
digo, cuéntame. ¿Qué hacías antes de venir aquí? ¿qué haces por aquí? ¿tus
aficiones? Yo que sé. Lo que tú quieras.
-
Vale.
Voy a sentir desilusionarte, pero es todo muy simple. Verás. Trabajaba en la
redacción de un pequeño diario local, el Dia a Dia. Se trata de un periódico de
tirada diaria, que para ser local no es poco…
-
Ni mucho
menos, yo diría que es mucho.
-
Sí, así
es. La cuestión es que según parece se trata de un periódico con Mecenas…
-
¡Mecenas!,
pero que dices, no me lo puedo creer…
-
Pues así
es preciosa…
-
¡Preciosa!
Exclamó Marta abriendo los ojos como platos.
-
Oye,
oye. Tranquila. Realmente pienso que eres preciosa… no trataba de ser descortés
ni machista…
-
Vale,
sigue. Le cortó Marta.
-
Sigo. Lo
cierto del asunto es que nadie sabe quién es ni la razón por la que lo hace,
pero lo que todo el mundo tiene muy claro es que el diario si no fuese así, no
existiría. Tiene una tirada demasiado corta para tanta parafernalia…bueno, ya
sabes.
-
Realmente
curioso. Santiago, un chico especial que trabaja en un diario especial. Por
favor sigue, tengo una especial curiosidad.
-
Yo era
Redactor Jefe …
-
Redactor
Jefe, bueno, bueno…
-
Entiéndeme,
no es el Washington Post, pero si he de confesate que no lo hacíamos del todo
mal.
-
Ya te lo
diré yo. Déjame unos días y te daré mi opinión.
-
Te lo
agradezco, pero no la necesito. Santiago pensó
que tenía que pasar al contraataque si no quería ser devorado por Marta.
-
Es
igual. Te la daré de todas formas.
En ese momento se abrieron las puertas con notas
musicales y apareció Teresa con una bandeja de tamaño más que considerable.
Teresa debería ser una chica muy fuerte, pensó Santiago, por la cantidad de
comida que traía con una sola mano. Dos grandes jarras de cerveza coronaban la
bandeja acompañadas de cuatro platos. Dos de ellos eran ensaladas completísimas
y los otros dos unos bocadillos abiertos que Santiago no era capaz de imaginar
la manera de cerrarlos. Iban con servicio de cubiertos, presumiblemente para
intentar conseguir poner todo dentro y colocar una parte del pan sobre la otra.
No había problema, pensó. Solo tenía que ver cómo lo resolvería Marta y luego
repetir la operación.
-
Manos a
la obra. A comer Santiago.
Santiago empezó por la ensalada sin quitar ojo a la maestría
con la que Marta consiguió, con la ayuda del tenedor y el cuchillo, replegar
todos los ingredientes de tan majestuoso bocata y cerrarlo sin que nada cayese
al plato. Parecía ahora un sándwich normal, perfectamente comestible sin
necesidad de desencajarse la mandíbula. Decidió ponerse manos a la obra, pero
no sabía por dónde empezar. El queso parecía tener vida propia, una inmensa
salchicha de Frankfurt parecía amenazarle mientras un huevo frito pedía auxilio
por no caerse al plato y desparramar su yema. La mayonesa pringaba sus
cubiertos antes de empezar y la lechuga decoraba el plato esparcida a punto de
salirse a la mesa.
-
Déjame, le dijo
Marta con una voz dulce y agradable. No
es fácil la primera vez, pero verás que está tan bueno que la próxima encontrarás
la manera de hacerlo solo.
-
Seguro...bueno,
mejor me callo. Respondió Santiago mientras miraba sus bonitas manos
manejarse con maestría. Llevaba uno de esos anillos grandes que no a todo el
mundo sienta bien; sus dedos eran largos y con unas uñas de medida justa y muy
bien cuidadas, que encajaban perfectamente con aquel anillo labrado de color
plata que le abrazaba medio dedo corazón. En la otra mano llevaba un pequeño
aro azul en el dedo índice.
-
Mejor,
ahórrate el comentario. Aquí tienes, majo.
-
¡Majo!
La última persona que me dijo majo fue la abuela de un amigo mío de la
infancia.
-
Pues
seguro que te lo dijo con mucho cariño. Marta dio
bocado a su entrapan mirando a los ojos a Santiago. Y bueno, -siguió después-, explícame porque dejaste tu puesto de Jefe
de Redacción para venir aquí como soldado raso.
-
¿Tienes
algún pariente militar? Lo digo por el saludo de esta mañana y por el
comentario de ahora.
-
Dos. Mi
padre y mi hermano.
-
Ah,
vale.
-
No pasa
nada. Son como tú y como yo, pero con las ideas seguramente un tanto más
claras. Es lo que tiene la disciplina.
-
Sí, no
lo dudo. Pues verás, como te decía antes es muy sencillo. Nací en Barcelona
pero mi familia es de aquí, de Madrid. De hecho mis primeros nueve años los
pasé aquí. Mis padres emigraron por cuestiones laborales, dos veces. La segunda
vez, cuando yo tenía nueve años, mi padre puso una única condición: ser
enterrado en Rascafría, su pueblo natal…
-
Sí, lo
conozco. Está en el valle de Lozoya, unos 90 kilómetros al norte de Madrid. Es
un pueblecito encantador con lugares cercanos de gran interés turístico.
Precisamente hace un par de años fui allí a cubrir un reportaje sobre la
leyenda del Tuerto Pirón, ¿la conoces?
-
De
memoria. Mi padre me la relataba de niño, día sí, día no…
-
El mundo
es un pañuelo…
-
Así es
Marta, y a veces también muy sucio.
-
Uarggg…
-
Pues
eso, mi padre falleció hace unos meses y lo enterramos en Rascafría. Mi madre
no quería estar lejos y decidió venirse a vivir con su hermana, aquí en la
capital. En principio yo me quedaba en Barcelona, pero cambié de opinión. Sé
que mi madre querrá ir a menudo a Rascafría y mis tíos no están para andar para
arriba y para abajo. Además no les toca. Así que aquí estoy, para hacer
compañía a mis padres. Eso es todo.
-
Ves.
Eres muy majo…
-
Venga
ya, corta el rollo, dijo Santiago tirándole la servilleta a Marta mientras
ésta se reía.
-
Y ahora
cuéntame tú algo de… Richard.
-
¡De
Richard! Tendrás morro. Vale. Se despide siempre de una forma muy especial…
-
Buen día
informado…
-
Ok. Y
cuando te propone algo y cruza los brazos…
-
No es el
momento de llevarle la contraria…
-
Muy
observador forastero... Pues sí, es mejor esperar un rato y volver a pillarlo,
pero con los brazos abiertos. ¿Alguna pregunta más, señor especial?
-
No,
ninguna
Marta lo miró sin pestañear mordiéndose en labio
inferior. Espero unos segundos y propuso ir a tomar café a otro sitio, era lo
único malo que hacían en Elvis. Salieron del local y a poco más de cinco
minutos entraron en un viejo café lleno de abuelos jugando a domino. El golpe
seco de las fichas sobre las mesas y el aroma profundo a café eran el sello
genuino de 20x20, nombre del pequeño
y viejo local. Nada más entrar se oyó una voz muy ronca que salía de detrás de
la barra. Era un señor terriblemente gordo y grande. Tenía unas manos enormes y
una sonrisa también grande y perpetua. - Lo
de siempre. - Dijo, no sin recordarle antes que cada día estaba más guapa. -
Sí Mario, - Le respondió. - Y otro igual para mi compañero. Sin
tiempo para rechistar tenía ya delante un café solo muy corto que no dejó
indiferente a Santiago. Desprendía un aroma que era algo más que aroma, era
esencia de café. Nunca había probado un café como este, le confeso a Mario y a
Marta, sin soltar la taza y cerrando los ojos después de cada sorbo. Mario se
apoyó con los dos brazos muy rectos sobre la barra y transformó su sonrisa
perpetua en carcajada compartida con Marta. De pronto sonó el teléfono de Marta.
Mario le preguntó a Santiago si trabajaba con ella, a lo que este le contesto
afirmativamente con un simple gesto con la cabeza. Marta salió corriendo y dijo
ya desde la puerta, -nos vemos. Te paga
Santiago, Mario. Hasta mañana. Los dos se la quedaron mirando mientras
Santiago metió la mano en un bolsillo y le pagó tres cafés. Mario rió y le
preparó otro.
Una vez salió del 20x20 pensó en la noticia, en la
dichosa broma. Lo primero que haría cuando la viese sería preguntárselo
directamente, sin más. Al fin y al cabo ya eran compañeros de trabajo, comida y
café, pensó mientras abotonaba la chaqueta y colocaba su bufanda negra sobre los hombros.
Decidió ir a ver
a su madre por la tarde y no antes de la nueve estaba ya en su casa.
Había alquilado un pequeño piso en el centro de Madrid, cerca del museo Reina
Sofía. Todavía tenía sus cuatro cajas de libros y su ropa en el centro del
salón. Decidió que por hoy ya tenía bastante. Encendió la tele y antes de saber
que emitían ya dormía en el sofá. A la una de la madrugada se despertó de
golpe, sobresaltado. Miró a su alrededor sin saber muy bien donde estaba. Apago
la tv y fue hacia la cama. Al quitarse
los pantalones cayó al suelo la noticia que tenía en el bolsillo. La cogió y la
volvió a leer. De pronto abrió los ojos como platos al ver la fecha en que
estaba datada, 25 de enero de 2015. Ayer fue 24, volvió a mirar su reloj y
marcaba ya la una y seis minutos de la madrugada, así que hoy era ya 25. Pensó
que cuando llegase a la oficina le tendrían preparada la segunda parte de la
broma. Dejó el recorte de prensa en la mesita de noche, se metió en la cama y antes
de terminar de arroparse volvía a estar dormido.
Al entrar en la sala de prensa había un alboroto
generalizado. Muchos corrían de un sitio para otro mientras otros hablaban en
un tono agitado por teléfono. Santiago llegó tarde e iba comiendo unos churros
que compró por el camino. Eso de tener la ropa en cajas y bolsas era un
engorro. Había tardado más en encontrar unos calzoncillos que en llegar desde
casa al diario.
Richard se cruzó con él y le dijo que aportara todo lo
que pudiese sobre el atentado, en veinte minutos había una reunión de
redactores en la sala de dirección, mientras hablaba con alguien por teléfono
en alemán. Santiago se apresuró a leer las noticias que habían llegado a la
redacción del enviado especial en Londres y las noticias facilitadas por las
agencias de información. Estaba helado, sin habla. No alcanzaba a entender lo que estaba pasando
a su alrededor. Le sonó el móvil. Era la primera vez que le llamaba Marta.
Mantuvo una conversación con ella de poco más de un minuto. Estaba en Londres.
Según parece el día anterior se habían filtrado rumores de un posible atentado
en alguna de las tres capitales más importante de Europa. Ella fue enviada a
Londres la misma tarde que se despidieron en el bar de Mario. Vivió el atentado
muy de cerca. Acababa de pasar toda la información que pudo recoger desde el
lugar de los hechos. En diez minutos estaría conectada con la sala de
dirección.
En la sala estaban el equipo directivo al completo, todos
los jefes de sección y los redactores de internacional y sucesos. En una gran
pantalla apareció Marta. Todos estaban atentos a la información que había podido
recoger. Según comentaba había mucha confusión. No había certeza de la autoría
del atentado. Unas fuentes señalaban hacia un posible grupo islámico, otras a
reductos ultraconservadores
occidentales. Todo era muy confuso. Según decía las muertes se cifraban
en tres decenas y los heridos en muchos más. Poco más se podía aportar desde el
lugar de los hechos. El atentado, con material explosivo aún sin confirmar, se
había producido hacia la una de la madrugada en un local en South Bank, cerca
de London Eye, la famosa noria de Londres.
La cabeza de Santiago daba vueltas como la noria. Mil
imágenes dentro de su cerebro iban y venían. La noticia que había leído el día
anterior relataba con todo lujo de detalles lo acecido ese misma madrugada. Todo
concordaba; el lugar, la hora, los fallecidos…Tenía más información memorizada
de la que corría en aquellos momentos por todas las agencias de información del
mundo. La noticia, ¿dónde estaba el recorte de prensa? En la mesita de noche. Justo
en ese momento el Director de LaÚltima
tomó la palabra.
-
Señores,
mañana abriremos en portada con el atentado. Muevan sus agendas, movilicen sus
contactos, a sus colaboradores, a quien sea,… pero quiero para mañana la mayor
cobertura posible del ataque terrorista o lo que demonios sea. ¡A trabajar!
Aunque vivía cerca el camino se le hizo largo, eterno.
Llegó a casa y allí estaba, junto al despertador. Volvió a leer el recorte de
prensa, esta vez con el aliento entrecortado. Cuando terminó se sentó en la cama, volvió a dejar la noticia
en la mesita de noche y apoyo los codos en las piernas aguantado su cabeza con
las dos manos. Se quedó así, sin moverse, más de cinco minutos. Intentaba con
los ojos cerrados buscar un sentido a todo esto. El caballero del pelo blanco;
el recorte de prensa; el atentado de Londres. Era un rompecabezas donde las
piezas no encajaban. Marta, ojala Marta estuviese aquí, pensó. Podía llamarla.
¡No!, no era buena idea, estaba
demasiado lejos y demasiado implicada en todo esto. No haría nada. Eso es,
simplemente no haré nada, pensó. Decidió volver al diario y justo cuando salía
del apartamento dio media vuelta, cogió el recorte de prensa y se lo metió en
un bolsillo.
Estaba delante de su ordenador y empezó a escribir.
Pero no estaba escribiendo, se limitaba a copiar letra por letra y palabra por
palabra la crónica y el informe del recorte de prensa. Era demasiado bueno para
modificar una sola coma y Santiago se
sentía malo, demasiado malo. Pero no podía dejar de escribir. Martilleaba las
teclas a una velocidad vertiginosa y sentía en su cabeza como retumbaban, pero
sus dedos seguían y seguían sin parar. Después de noventa minutos dejó de escribir y el silencio
se apoderó de todo. Estaba exhausto. Habían pasado casi tres horas desde que
llegó esta mañana al diario, apretó la última tecla y lo envío al Jefe de
Redacción. Ya estaba hecho.
La máquina acababa de terminar de preparar un
chocolate y Santiago intentaba sacarlo cuando se vio rodeado por de todo el
equipo directivo. - Muchacho, dijo
una voz muy grave, - tenemos que hablar.
Le acompañaron a la sala de dirección o más bien le escoltaron. El Director empezó
a gablar:
-
Acabamos
de leer su… informe, primicia, reportaje y estamos absolutamente
desconcertados. Sabemos que la herramienta más importante de todo periodista es
su agenda, sus fuentes. Pero por favor, dígame ¿de dónde ha sacado todo esto?
-
Lo
siento, señor. Como usted dice lo más importante para…
-
Bien,
entiendo. Cortó en seco el Director mientras Richard se retorcía
las manos en su asiento, gesticulando y aflojándose el nudo de la corbata.
-
Verás,
si tenemos la seguridad de que todo esto está contrastado, sacaremos ahora
mismo un edición especial de larga tirada. Seguro que te imaginas a lo que nos
exponemos…
-
Por
supuesto, señor Director. Yo simplemente he hecho mi trabajo, no lo sé hacer de
otra manera. Replicó con una seguridad pasmosa mientras se acercaba
el chocolate a los labios. La tensión se podía cortar con un cuchillo. Cuando
dejó el vaso sobre la gran mesa ovalada, dijo:
-
Todo lo
que escribí está tan contrastado como puede estarlo cualquier noticia al
respecto de cualquier otro diario. Mis fuentes son muy fidedignas, eso es todo
lo que puedo decirle. Y volvió a coger, tranquilamente, el
vaso de chocolate.
-
Está
bien, adelante.
Todos salieron con paso ligero de la sala. La
maquinaria se puso en marcha; las rotativas girarían hoy por la mañana.
Cuando Santiago salía de la sala, el Director le dijo:
-
Muchacho…
Santiago le miró sin decir nada. Permanecieron así
veinte segundos. Santiago dio media vuelta y se fue a su mesa.
No tenía mucha hambre y pasó en día entero sin tomar
bocado. Era la persona más afortunada del mundo a la vez que la más ruin,
pensaba sin poder quitárselo de la cabeza. El estómago le daba tantas vueltas
como esta idea. Se preguntaba de donde había podido sacar aquella sangre fría
con la que habló en la sala de dirección.
A media tarde se acercó al 20x20 a tomar un café. Justo en la puerta oyó un grito, alguien
gritaba su nombre. Era Marta.
-
¡Santiago!
Corría mientras gritaba su nombre con un diario en la
mano.
-
Hola
Marta. ¿Cuándo has vuelto? Por un momento pareció retomar el
aliento y sentirse mejor.
-
Hace dos
hora aterrizó el avión. Pero bueno, chico especial, ¡sí que lo tenías
escondido! La redacción es una olla a presión. No dejan de sonar teléfonos.
Diarios nacionales e internacionales quieren hacerse eco de la información.
¡Han llamado hasta de la BBC! Es increíble. Acaban de sacar ahora mismo una
segunda edición especial. Toda la información que lanzaste se está confirmando
minuto a minuto. En la redacción están como locos, ¡desde el 23F dicen los más
veteranos que no recuerdan algo igual!
-
Sí.
Entonces, según nos contaron en la facultad, aquello noche salieron cinco o
seis ediciones en algún diario…
-
Fueron
siete, en el PAIS.
-
He
estado hasta ahora mismo en la redacción, tenía que salir a tomar un poco de
aire, y un café…
-
¡Un
café! Pero que dices. Entrando en la cafetería, Marta
saludó a Mario con un abrazo y le pidió que sacase una botella de Champán,
bueno no, de cava, dijo cogiendo por los hombros a Santiago como si de un amigo
de toda la vida se tratase.
-
Sentémonos
por favor, dijo Santiago con una voz poco festiva. Se dirigió a
Mario justo en el momento en que se disponía a descorchar la botella y le dijo:
-
Por
favor, Mario. Tráenos dos cafés, bien cargados.
Mario comprendió al instante que no era el mejor momento
para servir cava. Volvió a meter la botella en la nevera y comenzó a moler
café. Marta miró a Santiago con el abrigo en la mano y totalmente descolocada.
-
Por
favor, siéntate. Tengo que contarte algo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario